Del compromiso personal a la estrategia colectiva.

Hay formas de liderar que emergen en contextos exigentes. No siempre se planifican: muchas veces son respuestas a realidades complejas, donde hay más urgencias que recursos, más convicción que estructura.
En ese escenario, no es raro encontrar personas que, sin proponérselo, terminan sosteniendo mucho más de lo que imaginaron al iniciar. Que gestionan equipos, diseñan estrategias, resuelven contingencias y acompañan emocionalmente, todo al mismo tiempo. Su presencia se vuelve la columna que articula la continuidad de un proyecto, una organización o una comunidad.
Esa forma de liderazgo ha permitido que muchas iniciativas sigan existiendo. Pero cuando una sola persona concentra tantas funciones, la organización corre riesgos. No porque esa persona no lo haga bien, sino porque nada puede sostenerse sin descanso de manera indefinida. Ningún sistema puede apoyarse solo en una voluntad, por comprometida que esta sea. Ya lo dijimos en nuestra primera entrada de mayo: profesionalizar también es una forma de cuidar.
En el caso de las mipymes, esta realidad se intensifica. Si bien representan cerca del 98 % del universo empresarial del país y generan más del 65 % del empleo formal, su aporte al PIB apenas supera el 17 %. Esta brecha entre lo que producen en términos de trabajo y lo que reciben en términos de ingreso no es menor: muestra con claridad que una parte significativa del tejido organizacional chileno opera con alta carga y bajo retorno.
Este desfase no solo revela desigualdad económica, sino también una fragilidad estructural: mientras algunas organizaciones enfrentan escenarios de expansión, estas otras sostienen funciones críticas con recursos limitados, equipos pequeños y condiciones precarias para proyectarse en el tiempo.
A eso se suma otra alerta: de las más de 400 mil organizaciones sin fines de lucro registradas en Chile, casi la mitad no está activa. No porque hayan perdido su propósito, sino porque muchas han quedado atrapadas en estructuras informales, sin acompañamiento, con directivas no renovadas y con liderazgos agotados que no han encontrado manera de continuar.
Estas cifras no hablan de falta de motivación. Hablan de condiciones que no permiten sostenerse. Hablan de organizaciones que nacieron del compromiso, pero que siguen operando a pulso, sin red, sin estructura, sin descanso. Y eso tiene consecuencias: no solo para quienes lideran, sino para las comunidades que dependen de su continuidad.
En ese contexto, profesionalizar no es adoptar modelos externos ni replicar lógicas corporativas. Es construir una forma de operar que permita distribuir funciones, generar autonomía interna y ofrecer continuidad, incluso cuando una persona no está disponible.
Delegar forma parte de ese proceso. Y para eso, se requiere algo más que voluntad: se requiere diseño. Delegar no es simplemente encargar tareas. Es crear condiciones para que más personas puedan comprender, decidir y sostener. Y, a la vez, es continuar involucrado desde otro lugar. Acompañar sin absorberlo todo. Confiar sin desvincularse. Seguir presente, sin estar en todo.
Cuando no existen sistemas que faciliten ese tránsito, es común que delegar se confunda con soltar por agotamiento, o con delegar sin orientación. Lo hemos visto: equipos que sostienen sin comprender el porqué; decisiones descentralizadas, pero desconectadas y sin claridad de procesos. Y también hemos visto otra escena: liderazgos que quieren delegar, pero que aún cargan con todo porque no hay una estructura donde apoyar la decisión.
Desde WASHA acompañamos muchas veces esos procesos. No ofrecemos recetas, sino apoyo para clarificar roles, habilitar sistemas simples y diseñar formas de tomar decisiones que no dependan de intuiciones individuales. Lo hacemos porque sabemos que el liderazgo no es un problema a corregir, sino una dimensión a sostener de manera más compartida.
Profesionalizar, en ese sentido, no se trata de hacer más ni de hacer menos. Se trata de que lo que hoy se hace tenga respaldo. De que el compromiso no se traduzca en sobrecarga. De que el propósito pueda expresarse en una estructura que lo sostenga, sin que eso implique perder humanidad ni sentido.
Liderar no debería sentirse como un ejercicio de resistencia. Tampoco como una tarea solitaria. Debiera sentirse como la puesta en marcha de una estrategia colectiva.
Algunas preguntas para observar con pausa tu manera de liderar:
- ¿Cuántas decisiones pasan únicamente por ti?
- ¿Qué tareas podrías dejar de hacer si existieran procesos más claros?
- ¿En qué espacios te sostienes y en cuáles estás sosteniendo a todo el resto?
- Si mañana tuvieras que ausentarte una semana, ¿qué parte de la organización seguiría funcionando con confianza?
Profesionalizar no empieza con un organigrama. Empieza cuando dejamos de asumir que liderar es hacerlo todo de manera solitaria. Y en WASHA, estamos para acompañarte en ese camino.
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